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Los expertos, las zonas de confort y su…¿circunstancia histórica? Y 3 películas de Bill Murray.

Saliendo del día de la marmota metodológico.

Bill Murray, en “El día de la marmota”.

Hay algo que te irrita. Una pequeña rugosidad en tu quehacer profesional. A veces es una contradicción entre objetivos teóricos y metodologías prácticas. O un ritual escolar que destruye el aprendizaje, o un enfoque educativo que chirría con una realidad social: Prácticas de laboratorio en las que nadie sabe qué estamos investigando; Jaime, que sabes que es un crack en tu materia y suspende todos los exámenes; trabajos de diez en los que sabes que nadie ha aprendido nada.

Al principio, no molesta mucho, pero pareces chocar cada vez más a menudo con ello. Así que un día empiezas a rascar en esa zona irritada para salir del día de la marmota metodológico.

Haces un pequeño cambio. La primera vez funciona regular, pero te obstinas y aprovechas lo que has aprendido en ese primer intento para conseguir algo. Algo que parece funcionar. Sucesivas apuestas te llevan más lejos. Lees cosas. Comentas cosas. Cuentas cosas.

Estás sorprendido, porque eso de sacar la mano a tientas de lo que algún día llamarás tu “zona de confort” y probar cosas ha resultado convertir tu oficio en algo más divertido, más estimulante. Lo que para ti resulta una buena razón para seguir. Cada uno tiene las suyas. Y lo mejor de todo es que la cosa está montada de tal manera que nadie parece tener encomendada la tarea de decirte que te portes bien y dejes de hacer  trastadas. Qué oficio más guai. ¡Puedes hacer lo que quieras! Así que sigues.

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¡Vaya! ¡Eres un experto!

Bill Murray, en “Cazafantasmas”.

Hablas con otros, y otros hablan contigo. Términos que parecen tacos, como “competencial” o “empoderamiento” empiezan a tomar sentido (significaban algo, al fin y al cabo!). Poco a poco, afinas cada vez más, dejando que el trabajo en red y el esfuerzo te lleven  adonde no te llevaría tu dosis normalilla de talento por sí sola. Y un día a alguien se le ocurre que estaría bien que contaras “eso que tú haces”. Bueno. Vas y lo cuentas. Y otro día. Poco tiempo después, oyes que alguien se refiere a ti como “experto”. Una especie de cinturón negro de “eso que tú haces”.

Lo que suele provocar que:

  1. te suba un poco el ego,
  2. tu mujer te vuelva a meter (gracias, amor) en tu sitio: “Tú, ¿experto? ¡Pero si no sabes lo que haces!“,
  3. algún compañero empiece a considerar -infundadamente- que a lo mejor tus propuestas de hacer algo juntos no eran sólo sandeces.
  4. te acucie el célebre “síndrome del impostor” por el que crees que los demás sobreestiman la calidad de tu trabajo. Y quizás estén en lo cierto.

Pero aunque convendría que guardases un equilibro razonable entre los puntos 1 y 4, nada de eso debe inquietarte. Lo que debe inquietarte es otra cosa.

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Lo que debe inquietarte

Y es que cuando alguien te llama “experto” suele esperar de ti, razonablemente, que disipes dudas. Que muestres un paisaje, un itinerario en el que todo tiene sentido. En el que las contradicciones quedan confortablemente resueltas, en plan “plato precocinado”, o, mejor todavía, ocultas. Y eso puede acabar haciendo que al contar “eso que tú haces” se te olvide algo. Algo que parece sutil, pero que es fundamental y crítico. La rugosidad. La contradicción. La duda.

Y eso significa que estás fracasando en comunicar las preguntas, y las apuestas a ciegas. En transmitir que no existen las “soluciones definitivas” en educación. Que el cambio y la duda serán perpetuos.

Bill Murray, en “Lost in Translation”.

Así que no recortes la mejor parte de tu experiencia: las dudas y las contradicciones.

En primer lugar, porque “tus soluciones” (heredadas, adaptadas o de nuevo cuño) no son lo más valioso. Son caducas, envejecerán  y un día dejarán de servir. Esto ya te habrá ocurrido. En cambio, tus preguntas, cuestionarse, el ritual de leer la experiencia con ojos nuevos, con perspectivas distintas, eso servirá siempre.

En segundo lugar, porque una vez eres experto en algo, estás peligrosamente cerca de poner ahí tu sofá. Una nueva zona de confort, más fácil de defender que la que abandonaste. Pero una zona de confort, al fin y al cabo. Un espacio delimitado en el que el léxico, los conceptos y argumentos pedagógicos forman una maraña en la que no caben las sanas contradicciones que te llevaron ahí. Un espacio en el que defender metodologías antes que alumnos, filosofías antes que realidades.

Así que no te sientes. Entiende y explica a los demás que los puntos en los que todo parece funcionar no son etapas (en las que uno debe instalarse y perseverar), son pozos que te condenan a repetir a ciegas una y otra vez una misma fórmula. Aprende y enseña a no crear a cada paso nuevas zonas de confort y saberse en una narración en la que no estás solo. Una narración impredecible que construyen alumnos, familias, proyectos de centro y profesores*.

Si quieres ser un experto, sé un experto. Pero en dudar y asumir riesgos. En detectar cuándo algo que “parece funcionar” se ha convertido en tu nueva y rutilante zona de confort.

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*Vale. Puede que también, alguna vez, algún experto.

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Post para leer o releer escuchando la canción de Antoine Mayle, Paris, que (descubro), comparte letra “jusqu’ici tout va bien, l’important c’est pas la chute, c’est l’aterrissage…” con una parte del guión de la imprescindible película “La Haine“.

Bueno. Me ha salido un post un poco “Matrix”. Me dejo llevar, y mira lo que pasa.

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